Magda, Joseph y el tío Adi

09/Jul/2012

El País, Uruguay, Luciano Alvarez

Magda, Joseph y el tío Adi

CRÓNICAS DE LUZ Y DE SOMBRAS
7-7-2012
LUCIANO ÁLVAREZ
El 1º de mayo de 1945, a las 10.26 de la noche la radio alemana emitió la última mentira del Tercer Reich: comunicó al pueblo que Adolf Hitler acababa de morir «en su puesto de la cancillería del Reich mientras luchaba hasta el último aliento contra el bolchevismo.» En realidad se había suicidado el día anterior.
En ese instante la mayoría de los ocupantes del búnker donde Hitler se había encerrado a esperar el final pensaban en su propia super- vivencia. En cambio, Magda Goebbels trabajaba en un meditado y terrible ritual. A última hora de la tarde había llamado a Helmut Gustav Kunz, médico de las SS y le pidió que administrara una dosis de morfina a cada uno de sus seis hijos, cuyas edades iban de los doce a los cuatro años. A las nueve menos veinte Kunz cumplió su cometido y los niños cayeron en un profundo sueño. Entonces el Dr. Ludwig Stumpfeger, el médico personal de Hitler, rompió una ampolla de cianuro en la boca de cada uno de los ellos.
En «La caída» (2004), la película de Olivier Hirschbiegel basada en el libro «El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich» de Joachim Fest, es la propia Magda quien acomete esta última acción, quizás para dramatizar aun más, innecesariamente, lo terrible del hecho.
William Shakespeare, que imaginó a Lady Macbeth, hubiera podido poner en boca de Magda Goebbels las palabras del célebre monólogo: «Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte quitadme la ternura y llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad. Espesadme la sangre, tapad toda entrada y acceso a la piedad para que ni pesar ni incitación al sentimiento quebranten mi fiero designio, ni intercedan entre él y su efecto.»
Había nacido en 1901 con el nombre de Johanna Maria Magdalena, hija de Auguste Behrend, una criada berlinesa, y de padre desconocido. Sin embargo el destino la sacó tempranamente de aquellos modestos orígenes. Su madre se casó con Oskar Rietschel, un rico industrial, que a pesar de su breve matrimonio con Auguste -apenas tres años-, la quiso como su propia hija y se encargó de su formación. El siguiente esposo de su madre fue un empresario judío, Maximilian Fried-lander, quien le dio su apellido y también aportó para su mantenimiento y formación. Magda estudió en un exclusivo internado berlinés y egresó siendo una joven hermosa, que hablaba fluidamente varios idiomas. No le resultó difícil encontrar esposo. No había cumplido los veinte años cuando se casó con Günther Quandt -dueño de la BMW, entre otras industrias- que la duplicaba en edad. Con él tuvo un hijo: Harald Quandt.
Los eventos siguientes son convencionalmente melodramáticos, casi inverosímiles: aburrida de su marido, en 1928 conoció a Jaím Arlosoroff, judío, nieto de un rabino y dirigente sionista que moriría asesinado en Tel Aviv en 1933. Su tormentosa relación la llevaría al divorcio que Günther Quandt concedió junto a la tenencia de su hijo y una generosa pensión.
Dos años más tarde, conoció a Joseph Goebbels, se convirtió en su secretaria y durante un tiempo compartió ambos amantes. Goebbels que era un mujeriego contumaz, escribió en su diario: «Voy a dejar las historias de mujeres y dedicarme por entero a una». Si bien nunca cumpliría su promesa lo cierto es que se casaron en diciembre de 1931; Adolf Hitler fue el padrino de boda. Entre 1932 y 1940 tuvieron seis hijos cuyos nombres comenzaban todos con H en homenaje al «tío Adi», como le llamaban los niños.
Goebbels, Magda y Hitler conformaron un extraño y platónico triángulo amoroso, al menos en lo que a Hitler se refiere. Magda escribió: «Amo a mi marido, pero mi amor por Hitler es más fuerte. Por él estaría dispuesta a dar mi vida. Cuando tuve claro que Hitler no podía amar a ninguna mujer, sino, como él mismo dice, solo a Alemania, acepté el matrimonio con el doctor Goebbels. Así podía estar más cerca del Führer». En los años previos al ascenso al poder, Magda preparaba diariamente el almuerzo para Hitler, y se lo hacía llevar a su hotel. Por las noches, la cúpula del partido se reunía en la casa de los Goebbels y las veladas se estiraban hasta el amanecer.
Magda se convirtió de hecho en la primera dama del Tercer Reich y alcanzó su apoteosis cuando, durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, dio una recepción pa- ra más de tres mil invita- dos, ante los que se mostró como la imagen femenina del nazismo.
Alguna vez llegó a quejarse de tanta recepción y le confesó al Conde Ciano, el yerno de Mussolini, que esas reuniones le aburrían. «¡Siempre es Hitler el que habla! Puede ser todo el Führer que quiera, pero siempre está repitiendo y aburriendo a sus invitados».
Cuando, en 1938, Goebbels se enamoró perdidamente de Lída Baarová, una actriz checa, Magda se quejó al Führer, este puso en vereda a su ministro y le obligó a retomar la vida familiar.
A principios de 1945 el delirio milenario de los nazis llegaba a su fin, pero la familia Goebbels mantuvo su fidelidad al Führer y al nacionalsocialismo. Goebbels le regaló a Hitler la voluminosa biografía de Federico el Grande, escrita por Carlyle y ambos la leían juntos. En febrero de 1945 le dijo a Hitler que Magda y los niños se reunirían con él y se quedarían en Berlín pasara lo que pasara; el 22 de abril cumplieron la promesa y se instalaron en el búnker. Hitler, emocionado, se sacó la insignia de oro del partido de su solapa y se la puso a Magda. «La presencia de los seis niños en el búnker es una bendición y consiguen de vez en cuando arrancar una sonrisa al Führer», le escribió Magda a Harald, el hijo de su primer matrimonio, que estaba en el frente. En la misma carta le confesaba: «Nuestra espléndida idea se hunde, y con ella todo lo que de hermoso, admirable, noble y bueno que he conocido en mi vida. El mundo que vendrá detrás del Führer y el nacionalsocialismo no merece la pena ser vivido, y por eso he traído a los niños». Luego de matar a sus hijos, Joseph y Magda Goeb-bels, relata Ian Kershaw «salieron hasta el jardín de la Cancillería y mordieron ampollas de cianuro. Un ordenanza de las SS disparó dos tiros a los cadáveres para asegurarse de que estaban muertos.»